Maricel

Alvaro Ramírez Velasco

Es cautivadora, aunque nunca será perfecta; es una irresistible hada maligna, inconstante, radical y narcisista.
Aun así refugio mis silencios en su recuerdo.
En poco tiempo me llenó de besos, me hechizó; dejó que bebiera del néctar más profundo de su intimidad. Después no la he vuelto a encontrar, desapareció. Sólo me queda el ligero aroma de su piel, de sus manos tras tocarme y hacerme el amor. Después, la macabra noche y una contundente soledad.
“No quisiera parecer estúpida o mojigata -dijo-. Tampoco soy anticuada, es sólo que creo que la claridad no estorba. ¿Te gustaría venir a visitarme a mi oficina hoy como a las 6:30? Te llamo al rato”.
En la grabadora de mi cubículo, mezclándose con el ruido constante de los teclazos y de las máquinas que imprimen el diario, su mensaje sonó irreal. En un principio supuse que en una ciudad tan grande como ésta, cualquiera puede equivocar un número. El mensaje se repitió siempre a la misma hora, durante varios días y siempre con el mismo tono, con la misma dicción: su voz ronca y femenina, su risa franca y sus astutas frases, traspasándome, distrayendo mis más profundas concentraciones.
Audaz y tierna, jugueteando con mi imaginación, así se mostraba en sus mensajes telefónicos. Siempre sabía cuándo llamar, cuándo no encontrarme para dejar su voz en mi grabadora; al parecer me conocía y, a pesar de invitarme a verla, de citarme constantemente, nunca ponía un lugar, ni siquiera me daba un teléfono en donde localizarla.
Un buen día encontré su nombre en mi agenda; ¡yo nunca lo escribí!, juraba al tiempo que, apurado, marcaba los diez dígitos que hallé.
Raro, pensé, en esta ciudad los números telefónicos tienen sólo ocho.
Una grabación de su voz me consoló entonces. Era ella, Maricel, quien con insistencia cincelaba mis sentidos; necesitaba conocerla, mirar su rostro, sentir su cuerpo. Añoraba ya a esa mujer maravillosa. Sabía que sólo ella podía devastar mis más íntimos deseos, inundándome de placer.
La víspera de nuestro primer encuentro, sobre el buró de mi habitación hallé un libro: Compilación de cuentos de terror y sexo ausente de pudor.
El autor, no puedo recordarlo sólo vienen a mi mente sus apellidos: Ramírez Velasco, o algo así.
La página, como escogida: 11. El cuento: A media noche entre brujas y hadas.
Mi sorpresa: la descripción exacta de aquella mujer que, sin materializarse más allá de los sonidos telefónicos, ya ocupaba por completo mis pensamientos.
En el primer encuentro la suerte sonrió: delgada, rostro tenue, invadido de ternura, inconmensurablemente hermosa; su carácter jovial, franco, agobiante; su mente nunca dejaba de pensar, era un constante manantial de ideas e inteligencia.
Le pregunté entonces la razón de buscarme, de llamarme por teléfono; evidentemente no era una mujer que ansiara una aventura, a la vista quedaba que cualquier hombre se sentiría orgulloso de surcar a su lado los más infinitos universos.
No respondió. “Eso, guapo, es algo que prefiero quedarme para mí”, fue lo único que dijo. No pregunté más, de repente me invadió el temor de que desapareciera en cualquier momento.
Poco hablamos de nosotros. Ella bebió una cerveza oscura; yo un café que por costumbre acompaño con una coca cola, magnífico menjurje que aviva los sentidos para las largas noches en la redacción de un periódico.
Sonreía, y yo la miraba a los ojos; me miraba e inexorablemente mi mente volaba hasta desnudar con la imaginación la esbelta figura que tenía enfrente.
Esa tarde no hubo besos, pero nuestras mentes redactaron sendas listas de deseo, de caricias, de abrazos lúbricos y cálidas noches.
El escaso tiempo que teníamos hizo que el siguiente encuentro se postergara por una semana más.
Durante esos siete días, los mensajes telefónicos subieron de temperatura. Extrañamente pocas veces platicábamos y cuando lo hacíamos el tono era amable, hasta romántico diría yo, pero nunca con la sensualidad, la “cachondez”, decía ella, que por medio de las grabaciones telefónicas.
“Este será un mensaje breve, sólo para puntualizar: la cachondez me incita, me estimula, me atrae, me maravilla, pero no me ruboriza. Para mí un beso romántico es un beso tierno, dulce, cálido y encaminador. ¿Para ti también? ¿Dónde quedaron las respuestas a mis preguntas? Por último, si se trata de un beso cachondísimo, si lo recibo. Cuídate. Maricel”, era su respuesta luego de que, imitando su audacia, dejé en su grabadora un mensaje que entre líneas señalaba mis aspiraciones.

Esa noche de Semana Santa aquel bar se hizo más grande. Unas cuantas parejas y algunos devotos de Baco le daban ambiente. Escogí una mesa refugiada por la penumbra, lejos de todos. Llegó casi de inmediato; lucía más bella que en la imagen guardada en mi memoria durante una semana.
La charla fue exquisita. Después de algunos tequilas, le acaricié un hombro; ella buscó mis labios, que de inmediato respondieron al beso que yo reservaba para más adelante y que en ese instante se hizo inevitablemente oportuno.
Llegó el beso número cien -tal vez exagero y fueron menos-, llegó también la invitación a salir del lugar.
-¿A dónde vamos Maricel?-, le dije.
-(Silencio), la respuesta mientras me besaba con aquel prometido encanto “encaminador”.
Ya en su departamento, vinieron otras copas, arribó la ternura y súbitamente se nos convirtió en pasión. En la cocina, en medio de la oscuridad, nuestros cuerpos se buscaron hábilmente.
Mientras la besaba apurado, sintiendo su cintura y sus caderas, rozando amoroso su entrepierna, de nuevo me invadió el temor de que en cualquier momento desapareciera.
Los besos crecieron en la misma proporción en que la ropa abandonaba nuestros cuerpos. Nuestro sudor se mezcló, como se mezclaba nuestra saliva, nuestros gemidos, nuestros jadeos; la noche se tornó interminable.
Después, la tormenta de placer. Calma.
Me quedé junto a ella, desnudos los dos del alma y el cuerpo.
Se levantó a buscar no sé qué.
La miré caminando desnuda, por detrás.
Me derritieron entonces su porte y las dulces pecas de su espalda.
La brisa de la madrugada me hizo dejar su cama.
Un nuevo día entre las notas informativas me reclamaba.
Como siempre llegué al diario, pero el edificio ya no estaba. La calle no existía. Corrí a un teléfono público y marqué a mi casa sólo para encontrar una grabación que decía “el número que usted marcó no existe”.
Quise regresar a su departamento, pero no pude recordar el camino, ni la dirección.
En mi agenda al parecer nunca había estado escrito su nombre.
Hoy, mientras camino a ningún lugar, a la vez que extraño todo de ella, me doy cuenta de que Maricel es real, es mujer, es amante, es miel y fuerza.
Hoy, mientras camino a no sé dónde, me doy cuenta de que yo soy el irreal; no tengo a dónde ir ni en quién refugiarme.
Pienso en ella, pero ella ya no piensa en mí. Fui sólo el producto de su imaginación. ¡Yo no

Reflejos

Álvaro Ramírez Velasco


A mi madre, en sus treinta años de servicio magisterial (junio de 1998).

Al sacarle la bala, la sangre corrió abundantemente; ni siquiera se quejó. Murió. Angelina entonces descubrió su rostro. Tras el pasamontañas había un hombre no muy joven, no muy viejo, de rasgos indígenas con un escalofriante rictus de dolor. Con la mano le cerró los ojos; apenas tuvo tiempo de lamentarse y expulsar de sus labios un “que Dios se apiade de su alma”.

Para ella la muerte no era nada nuevo, en quince años de enfermera había visto morir a centenares de personas: viejos enfermos en fase terminal, niños con sida, hombres y mujeres accidentados... Aunado a todo ello, la cruenta experiencia de los últimos días: la guerra.

Se había ofrecido como voluntaria apenas comenzó el conflicto armado, no tenía nada ni nadie, excepto su soledad. A sus treinta y cinco años era una solterona; su rostro dibujaba rastros de enorme sufrimiento, de infinita melancolía. Su madre, único familiar había muerto hacía cosa de tres años . Nunca buscaba eufemismos a su condición, se sabía fea y sin posibilidades matrimoniales, sólo servía “para aliviar el dolor de los demás”.

Desde su llegada a la zona de conflicto, a mediados de enero, fue asignada a San Cristóbal de las Casas, a donde llegaban muchos de los heridos en combate desde la selva. La mayoría eran indígenas del autodenominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hombres fuertes y acostumbrados al sufrimiento, aun al borde de la muerte eran valientes, sus escasos lamentos eran íntimos y sordos. Muchos llegaban todavía con el pasamontañas que ocultaba su rostro al enemigo y sólo dejaba a la vista su mirada de desolación. Se sabían perdidos, porque de no morir en la plancha del improvisado hospital, seguramente lo harían ejecutados en un juicio sumario o, en el mejor de los casos, irían a la cárcel.

A pesar del diario enfrentamiento con la muerte, Angelina era sensible al sufrimiento de los moribundos. De ver morir a tantos hombres habría aprendido a oler, sentir, sudar, predecir la muerte. No podía recordar con precisión la primera vez que sintió ese extraño escalofrío que le recorrió por el pecho, por los senos, que le hizo sentir una inconmensurable soledad y nostalgia que casi le produjeron llanto. Tal vez fue aquel día en que recibió al zapatista con la pierna destrozada, que dejaba ver el fémur astillado envuelto en pedazos de carne roja. Él la miró con una súplica en los ojos; ella percibió en ellos un tenue reflejo, como una luz silenciosa que inundaba sus pupilas.

Dadas las heridas, fue imperativo amputarle la pierna; la premura de la intervención y lo rudimentario de los instrumentos con que fue realizada, le produjeron una hemorragia tal que la vida se le escapó por entre las venas abiertas. Antes de morir, Angelina vio cómo se extinguía el reflejo de las pupilas, como si el alma lo abandonara por la mirada. Desde su llegada lo sabía muerto, como si el reflejo de sus ojos y los escalofríos que ella sintió, fueran la lápida de una tumba. Angelina aprendió a ver la muerte.

Nunca lo comentó con nadie, se lo guardó, con su soledad. Al principio pensó que eran más que obvias sus suposiciones, ante un hombre evidentemente moribundo, pero con el tiempo se supo poseedora de un don: ver la muerte con antelación.

Cuando las batallas y el clima lo permitían, salían con una delegación de la Cruz Roja Internacional a vacunar niños y prestar auxilio a pequeñas comunidades de la inhóspita selva chiapaneca. En una de esas visitas pudo ver el fatídico reflejo en los ojos de los niños, mujeres y hombres de la comunidad que visitaba. En un principio no supo el porqué de su angustia, pese a que veía a personas sanas y no a moribundos. Sus sensaciones la desconcertaban; dudó de aquel encuentro con el zapatista herido. Deseó con el corazón que aquel reflejo no fuera lo que temía: que significara cualquier cosa menos la muerte.

Tres días después vería los cadáveres de los mismos niños a los que había vacunado, cuando eran apilados para su incineración; un supuesto grupo de encapuchados había arrasado con la pequeña comunidad, sin aparente explicación. Ella había visto la muerte en sus ojos, la inexorable muerte a que estaban condenados.

Durante días estuvo inconsolable, más taciturna que de costumbre, porque de alguna manera se sentía responsable de la muerte de aquellos pequeños, mujeres y hombres. Ellos no tenían nada que ver en la guerra, ni siquiera eran culpables de su extrema pobreza e ignorancia. No merecían tal destino.

Pronto, muy pronto la guerra entró en tregua, los zapatistas se replegaron selva adentro y las tropas del gobierno ocuparon posiciones estratégicas en los Altos de Chiapas; se hablaba de diálogos y convenios. Angelina poco sabía de eso: su labor ya no fue necesaria y regresó a la ciudad de México a su antiguo puesto en un hospital de Estado.

Lejos de la guerra pensó superado su extraño don. La muerte la había olvidado, pensaba. Desde su regreso había visto morir a tres hombres viejos, aquellos para los que la muerte es buena, anhelada, no duele, cura. En ninguno de ellos percibió reflejo alguno, ninguna sensación de angustia la abordó, fueron muertes como otras tantas que había visto en quince años de enfermera.

No pudo evitar sentirse dichosa, desprovista de su capacidad para adivinar la muerte. Prefería enfrentarse a ella a su llegada, no antes y sin poder hacer nada para evitarla. De a poco su carácter mejoró: platicaba más con sus compañeros de trabajo y se “atrevió”a ponerse colorete en sus labios, hasta las pláticas de política le comenzaron a interesar.

Por aquellos días se hablaba con insistencia de las candidaturas a la Presidencia de la República. Angelina se enteró de que un tal Cuauhtémoc Cárdenas se postulaba por segunda ocasión, y que era el hijo del general Lázaro Cárdenas, un Presidente del que su madre siempre habló maravillas: que si era muy humano, muy honesto; que si nacionalizó el petróleo, en fin...

“Yo voy a votar por ése”, le dijo a Sofía, la compañera de trabajo más cercana a ella, casi eran amigas. Angelina nunca había votado, su credencial tenía el único fin de identificarla; pero ahora se sentía convencida por el “tal Cuauhtémoc”, por supuesto, por ser el hijo de Lázaro, el adorado Presidente de su difunta madre.

Las calles de la ciudad estaban atiborradas de publicidad electoral. A Angelina le hacía mucha gracia la enorme cantidad de fotografías de los postulados que podían encontrarse en una sola calle, como si la gente fuera estúpida como para no advertir fácilmente a Fulano o Zutano.

Ese día al salir del trabajo, camino a su departamento, se entretuvo contando carteles: 1Colosio, 2Colosio, 3Cárdenas, 4Cárdenas, 5Colosio...6Colosio...7Co-lo-sio...8Co-loo-sii-ooo...Conforme contaba las fotografías de Luis Donaldo Colosio, candidato del Revolucionario Institucional, colgadas en los postes, la angustia se apoderó de ella y escalofríos recorrieron su cuerpo por entero: en los ojos de Colosio, en la fotografía, pudo ver el reflejo de la muerte.

Jadeante llegó hasta su oscuro departamento y encendió el televisor: un locutor daba las noticias: nada sobresaliente, discursos, giras de campaña y todo lo obvio. Angustiada cerró los ojos, quería olvidar lo que le pasaba, lo que presentía, y así se fue quedando dormida.

La luz de la mañana la despertó, el televisor, todavía encendido, le dictaba las notas matutinas: nada relevante había sucedido durante la noche.

Como cada mañana, se dispuso a salir. Primero el baño: se aseó con desgano, tallando con jabón sus flácidas y virginales carnes, que de tanto desear caricias aprendieron a conformarse con la torpe masturbación que Angelina les prodigaba. Luego el desayuno: un café amargo y tibio, huevos revueltos y dos tortillas semiduras. Al final se vistió: uniforme blanco, suéter azul marino y, coronando todo la ridícula cofia. Después, soledad y angustia.

Ya en el trabajo, preguntaba con insistencia sobre las últimas noticias a las enfermeras de recepción que tenían televisor. Nada, nada. Angustia, angustia. Llegó la hora de comer, y por primera vez en días esquivó la compañía de Sofía, para irse sola.

Angustia, angustia.

Al regresar, ya entrada la noche, descubrió un tumulto de gente en recepción: empleados de limpieza, enfermeras, médicos, enfermos, todos en corro al televisor: “Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario Institucional, sufrió un atentado. Su estado es grave”, decía el locutor.

Horas más tarde: “Colosio murió”.

Angelina fue incapaz de evitar una lágrima. Mientras se retiraba de la sala de recepción un camillero la vio: “Pues no que iba a votar por Cárdenas, ¿por qué llora?”, le preguntó a una enfermera que sólo gesticuló y se encogió de hombros.

Para Angelina no era dolorosa, sí lamentable, pero no dolorosa la muerte del candidato priísta; su tristeza era por ella, porque podía ver la muerte, sin desearlo , sin haberlo pedido, sin poder hacer nada.

Los días subsecuentes lloró casi sin pesar. A veces se metía al baño para evitar las miradas de sus compañeros, otras, incluso dormida derramaba lágrimas. No pudo más: se lo tenía que decir a alguien, no podía sola con esa carga. Sofía fue su confidente, e incrédula escuchó con atención cada uno de los relatos de Angelina; la consoló, a pesar de no dar crédito a lo que escuchaba.

-Manita -le dijo-, yo quisiera ayudarte, pero no sé nada de eso. Mira, mi cuñado El Toni es hermano de una congregación espiritista, ¿por qué no vas?, quién quita y te ayuden.

Al día siguiente Angelina estaba frente al hermano más elevado de la congregación. Vestía una bata blanca, era un hombre viejo, barbado, que hablaba con voz pausada:”Hermana, debes tener fe y aceptar la prueba que Dios te impone; el tuyo es un don, un regalo. Nosotros sabemos, por experiencias espirituales, que los mortales tenemos marcado un karma. Venimos a este planeta a saldar cuentas que en otra vida, o en otra dimensión dejamos pendientes. Tenemos un destino inmutable, tú lo puedes ver. Todos aquellos hermanos que morirán de manera trágica y dolorosa lo tienen escrito en el alma. Tú la ves en los ojos, acéptalo así, no puedes hacer nada, ese es tu karma, cierra tus ciclos”.

Es tu karma... Es tu karma... Es tu karma... Es tu karma... Es tu karma... Es tu karma... Es tu karma...Es tu karma... Es tu karma...

Las palabras de aquel hombre rebotaban en la conciencia de Angelina. Se las repetía una, otra, y otra vez en busca de tranquilidad, de paz. Buscaba convencerse a sí misma. Después, soledad y angustia.

En los días que siguieron no encontró alivio. En repetidas ocasiones volvió a sentir aquellos escalofríos que la recorrían, y ver reflejos que avisaban la muerte en los ojos de algunos enfermos.

Hoy es domingo. Como siempre, está sola entre las ausencias que pueblan su oscuro departamento. Hoy se levantó temprano y desayunó; se vistió con una falda floreada y blusa roja, se maquilló haciendo una excepción a sus costumbres y salió a pasear, tal vez vaya al cine, o a ver a Sofía. Hoy Angelina es feliz, sonríe y respira tranquila. Es dichosa, tanto como cuando vivía su madre.

Ayer lloró largamente frente al espejo, miró sus labios, sus pómulos, sus cejas, y el reflejo en sus ojos.

El traje nuevo del emperador / Mil 102 días entre Mouriño y Blake, las siniestras ‘casualidades’






Álvaro Ramírez Velasco

(Por el momento los blogs de www.periodicodigital.com.mx aún no están al ciento por ciento, por lo que les dejo mi columna en mi blog personal. Gracias)

La sabiduría popular asegura que un rayo no puede caer dos veces en el mismo lugar. No es una verdad científica ni probabilística, porque sí llega a ocurrir. Se trata en realidad una metáfora que expresa que un mismo mal no puede ocurrir dos veces a la misma persona o al mismo lugar, bajo las mismas circunstancias.

Pero ocurrió con el incidente aéreo en que falleció el secretario de Gobernación, José Francisco Blake Mora, y siete personas más, el pasado viernes 11 de noviembre de 2011, y que reeditó el aciago final de otro titular de Segob, Juan Camilo Mouriño Terrazo, en circunstancias análogas, el 4 de noviembre de 2008.

En el caso del español-mexicano Mouriño, recuerdo bien, a pesar de las declaraciones de medios de comunicación y autoridades, de que se trató un accidente, en corto los comentarios y las dudas de muchos políticos apuntó a que fue un atentado.

Juan Camilo, una versión inverosímil

Para quienes conocen los sótanos del poder, no cuadró la versión de una falla o accidente del Lear Jet 45, con apenas ocho años de antigüedad, que sólo realizaba 10 vuelos nacionales y dos internacionales como máximo al año; con un piloto experimentadísimo; una aeronave que se revisaba exhaustivamente y que era de las más seguras a nivel internacional.

Al momento de su deceso, el campechano de cuna suntuosa, Juan Camilo, enfrentaba una cascada de acusaciones de diputados de la oposición, principalmente del PRD, por ser el “representante de los intereses aviesos de las empresas trasnacionales” que veían en la Reforma Energética la posibilidad de apropiarse de buena parte de la riqueza petrolera del país.

Blake y la construcción de la versión del “accidente”

En el incidente –insisto en incidente, pues me resisto a aceptar a priori la versión de un “accidente”– de Blake, se conforma un escenario inverosímil también, en las apresuradas justificaciones de la Presidencia y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) que, en comunicados y conferencias de prensa, buscan construir la impresión mediática de que se trató de un “accidente”, por las condiciones de visibilidad, principalmente.

El habitante de Los Pinos, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, desde su primer mensaje, se apresuró a determinar que se trató de un “accidente” y fuera de contexto ofreció la certeza de que el helicóptero Súper Puma siempre estuvo bajo resguardo de las Fuerzas Armadas, como curándose en salud de las versiones que podrían venir sobre un sabotaje.

“Es mi deber decir, sin embargo, que el helicóptero estuvo siempre resguardado en el Hangar del Estado Mayor Presidencial, donde recientemente había recibido mantenimiento de rigor, y aunque el piloto, según se sabe, contaba con suficiente pericia, las condiciones de nubosidad que prevalecían, precisamente, a esa hora, en el trayecto que el Secretario recorrería rumbo a Cuernavaca, a un evento con servidores públicos de procuración y administración de justicia de los estados, hacen pensar, ciertamente, en la probabilidad de un accidente”, dijo Calderón Hinojosa, a unas horas de haberse localizado la aeronave, destrozada en el municipio de Chalco, Estado de México.

Es decir, que hubiera estado resguardado por personal militar es una obviedad, que terminó siendo herramienta de justificación innecesaria.

Colegas fotorreporteros de la agencia Prensa Internacional Inc. narraron que los elementos del Ejercito que acordonaron el lugar, en las inmediaciones del Distrito Federal y el Estado de México, al que sólo se podía arribar en vehículos pesados por lo escabroso del terreno, los replegaron de inmediato, para obligarlos a no tener punto de visión al aparato.

También los helicópteros de las televisoras fueron forzados a bajar, por lo que las imágenes del incidente obtenidas por medios de comunicación son pocas y lejanas.

Las dudas y explicaciones inverosímiles

Y hay muchas dudas y versiones que han comenzado a circular en redes sociales, en charlas en corto entre periodistas y de ellos con la clase política.

Los trascendidos abundan: hay la versión de que un piloto de la Procuraduría General de la República (PGR) se negó a hacer el vuelo, por las condiciones de escasa visibilidad esa mañana de viernes, en la ruta DF-Cuenavaca. Ésta no es creíble, pues ningún subordinado se atrevería a desobedecer una orden así, amén de que son militares quienes resguardan y transportan a los secretarios de Estado, no civiles.

El titular de SCT, Dionisio Pérez-Jácome, también se apresuró en concluir, en una segunda conferencia a poco más de 24 horas de ocurrido el incidente, que el helicóptero en que viajaba Blake, sus colaboradores y la tripulación de militares, no explotó ni se incendió.

Como consignó Periódico Digital (http://xurl.es/cdo76), Pérez Jácome agregó que el tipo de daños y la distribución de los restos de la aeronave pudieran ser propios de un accidente ocurrido en vuelo recto y nivelado. “El patrón de dispersión, de nuevo, con la información disponible de manera preliminar, permitiría suponer que el helicóptero impactó en el terreno en condiciones de integridad estructural”, dijo a los medios de comunicación el pasado sábado.

Trascendidos y las especulaciones

También hay supuestos e información acerca de que el piloto del súper puma nunca emitió una señal de “mayday” (auxilio); que los tripulantes no reportaron desvió del plan de vuelo; que en realidad en la zona no había niebla, sino lo que los experimentados llaman el "eco" de la estación; en su último reporte, no se alertó de alguna anomalía o falla; que el equipo simplemente desapareció del radar.

En las explicaciones que ha dado la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), también de manera apresurada para fortalecer la hipótesis del accidente, se describió que el helicóptero era de marca Eurocopter, modelo Súper Puma AS332L. Fue fabricado en 1984 y adquirido por la Presidencia de la República en 1985. Se le asignó la matrícula XC-UHM, identificada como TPH-06, con número de serie 2127.

La aeronave contaba con un certificado de aeronavegabilidad vigente al 13 de julio de 2012, y también con póliza de seguro vigente tenía 6 mil 501 horas de vuelo acumuladas y su último mantenimiento fue realizado del 4 al 6 de noviembre de 2011.

Lo que la SCT omitió decir, de acuerdo con especialistas que en corto han dado testimonio a muchos colegas periodistas, es que la nave contaba con “equipo sofisticado para vuelo y sobrevuelo en condiciones adversas”, el que se adquirió apenas hace un año.

Las perversas coincidencias

Tres años y siete días, mil 102 días en total, separaron los incidentes en que perdieron la vida dos secretario de Gobernación: Mouriño el 4 de noviembre de 2008 y Blake el 11 de noviembre de 2011.

Cercanas a esas fechas, separadas apenas por mil 102 días, se dieron dos “coincidencias” en el contexto de la guerra de calderón contra el narcotráfico, lo que ha incrustado en la mente de analista y ciudadanos informados, la posibilidad, imposible de descartar, que esos sucesos son consecuencia de la lucha contra los cárteles de la droga.

Caso Mouriño

Vallamos a la cronología, con el único ánimo de contextualizar en qué momentos se encontraba, previo a los dos incidentes la guerra contra el narco:

El 20 de octubre de 2008, en la colonia Lindavista del Distrito Federal, fue detenido Jesús El Rey Zambada García, hermano del capo Ismael El Mayo Zambada.

Luego, el 30 de octubre de ese mismo 2008, la Secretaría de Seguridad Pública federal (SSPF) puso a disposición de la SIEDO a Édgar Enrique Bayardo del Villar, inspector adscrito a la Sección Tercera de la Policía Federal Preventiva, por su presunta relación con el cártel de El Mayo Zambada.

El domingo 02 de noviembre de 2008 fue detenido Antonio Galarza Coronado, El Amarillo, líder del cártel de Golfo en la ciudad de Reynosa, Tamaulipas, quien había hecho cargo de esa plaza, luego de la captura de Juan Óscar Garza Azuara, alias El Barbas, ocurrida el 17 de abril de 2007.

El 4 de noviembre de 2008, cae el Lear Jet 45 de la Secretaría de Gobernación, en el que viajaban Mouriño y el ex fiscal atidrogas José Luis Santiago Vasconcelos. La aeronave provenía de un aeropuerto, el de San Luis Potosí.

Caso Blake

El 5 de noviembre de 2011 fue detenido Juan Francisco Sillas Rocha (a) El Sillas o El Rueda, principal lugarteniente del Cartel de los Arellano Félix.

“Ha trascendido que Sillas Rocha ordenó el secuestro de tres mujeres, familiares del narcotraficante Ismael Zambada García (a) El Mayo Zambada”, en Tijuana, Baja California –tierra de Blake Mora–, el 25 de septiembre de 2010, en represalia por el plagio y desaparición de su hermana Lizeth Sillas Rocha, perpetrado el 30 de julio de 2010, en la ciudad de Nogales, Sonora.

El día 9 de noviembre de 2011, el Ejército detuvo a Ovidio Limón Sánchez, uno de los más importantes operadores de la organización criminal Guzmán Loera, en la ciudad de Culiacán, Sinaloa.

El 11 de noviembre de este 2011, cae el Eurocopter, modelo Súper Puma AS332L, en que viajaba el secretario de Gobernación, para participar en una reunión con encargados de procuración y administración de justicia de los estados, en Cuernavaca, Morelos.

En el helicóptero viajaban, además del Secretario de Gobernación, el Subsecretario de Asuntos Jurídicos y Derechos Humanos, Felipe Zamora Castro; el Director General de Comunicación Social de la misma dependencia, José Alfredo García Medina.

Asimismo, La Secretaria Técnica de la Oficina del Secretario, Diana Miriam Hayton Sánchez; y el Mayor René de León Sapién; así como el personal de la Fuerza Aérea, el Teniente Coronel Felipe Bacio Cortés, el Teniente Pedro Ramón Escobar Becerra, y el Sargento Segundo Jorge Luis Juárez Gómez. Todos murieron.

Gobierno, incapaz de proteger a nadie

Todas las personas con las que he hablado del tema, del llamado círculo rojo, los más entrados; ciudadanos medianamente enterados, y hasta personas cuyo consumo de medios es más de entretenimiento que de información, no creen, ni un poquito, en la versión de los accidentes en ninguno de los dos casos.

Había ya la zozobra generalizada de que el gobierno calderonista es incapaz de enfrentar con éxito a la delincuencia organizada y esta se ha incrementado al demostrar que no es capaz siquiera de proteger a sus altos funcionarios.

Y es que el secretario de Gobernación es el segundo de a bordo en la conducción del país, incluso en la reforma política recientemente aprobada por la Cámara baja, a una minuta del Senado que regresó a la cámara alta en donde espera el nuevo aval, se plantea que será éste quien sustituya al primer mandatario en caso de ausencia definitiva.

Partiendo de la idea de que se trató de un “accidente”, de cualquier modo el gobierno federal –y de muchos estados hay que decirlo– evidencia debilidad y ausencia de naves aéreas en buenas condiciones. Por un lado, los políticos deben dejar ya ese vicio de viajar a todos lados en helicópteros y aviones que pagamos los contribuyentes, y por otro, se debe realizar una fuerte e inteligente inversión para renovar la flotilla con que cuenta el país.

Este es el tercer “accidente”, si es que en realidad los fueron los otros dos, que ocurre a un alto funcionario federal, pues hay que recordar que Ramón Martín Huerta, quien fue gobernador sustituto de Guanajuato, una vez que Vicente Fox solicitó licencia a ese cargo para contender por la presidencia, falleció en condiciones similares el 21 de septiembre de 2005, también en el Estado de México.

El helicóptero Bell 412-EP, matrícula XC-PFI, en el que se dirigía a abanderar a los nuevos custodios del penal de máxima seguridad La Palma (antes Almoloya), se estrelló en el paraje montañoso Llano Largo.

La camada de la LVIII

Cabe recordar que la relación de Mouriño y Blake con el habitante de Los Pinos, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, no sólo tenía un carácter de colaboradores y jefe, sino que entre los tres había una entrañable amistad acuñada en la LVIII Legislatura de la Cámara baja, cuando Felipe fue el coordinador de la bancada panista ; Juan Camilo, presidente de la Comisión de Energía; y José Francisco fue representante del V Distrito Electoral Federal de Baja California; era oriundo de Tijuana, de donde venía de ser regidor del ayuntamiento.

Blake y Mouriño conformaban parte de la burbuja del Grupo Parlamentario del PAN en esa legislatura, la primera con un presidente de la República emanado del PAN, Vicente Fox, y que por primera vez alcanzó 207 curules.

Eran los jóvenes consentidos y consejeros cercanos y leales de Calderón, en el que también estaba César Nava Vázquez, quien dejó pronto su curul para ser el director jurídico de Pemex, después el secretario particular de Felipe, ya en Los Pinos, y luego el presidente Nacional del PAN.

A ese grupo selecto de calderonistas, comento de paso, no pudo entrar del todo, a pesar de buscar su inclusión, el actual alcalde de la ciudad de Puebla, Eduardo Rivera Pérez.

Al final de la legislatura, Calderón dejó la coordinación para ocupar la dirección del Banobras, pero el grupo permaneció unido y trabajando en el proyecto de su jefe político.

Blake regresó a baja California en donde fue coordinador de los diputados panistas del Congreso local, para luego, con la llegada a la gubernatura de José Guadalupe Osuna Millán, el 1 de noviembre de 2007, fue nombrado secretario general de gobierno, en donde adquirió un perfil de funcionario que conocía bien a los grupos de la delincuencia organizada, que aseguran, combatió con eficiencia, por lo que fue llamado por Calderón para ocupar las oficinas de la calle de Bucareli, en el gobierno federal en donde terminó sus días.

Su labor, a diferencia de su antecesor Fernando Gómez-Mont Urueta –quien tuvo más actividad de negociación política y renunció desgastado por ésta–, se acercó mucho a la que realizó Mouriño, quien concentró sus esfuerzos en justificar y acrecentar las acciones de combate al narcotráfico, a la guerra de Calderón contra la delincuencia organizada.

Los días apresurados

Álvaro Ramírez Velasco

La mente muerta

Los sentimientos en terapia intensiva

La sangre en el esófago

Los días maltratados

Verte, muerta

Ya no eras tú

Tu esencia había volado

Y sabes, todos los días me han acompañado

Siempre en los días apresurados

Ya no verte

Resolver yo mi vida

Ya no tenerte

Tragarme tu partida

La muerte en la sangre

La vida, sin vida

Los días apresurados

Es una pausa

Y este tiempo lento

La gravedad del alcohol

Los días apresurados

Y los sueños en que viniste

Ahí vives

Los “no te caigas”

Los días apresurados

Mi esperanza nueva, que tú elegiste

Hoy debo hacer pausa al fin

Hoy tú descansas en paz

Mi paz es lo que tú decides por mí

Las lágrimas de hospital

Sé que estás

Sé que notarás

Que siempre que escribo

En la nuca

Aún te siento respirar

Los días apresurados

Nosotros

Álvaro Ramírez Velasco

Que el tiempo no haya pasado
Imposible
Que pudiéramos ser otros, pero ser los mismos
Imposible
Que te encontrara en otra vida, pero que siguiera siendo esta
No puede ser
Hoy somos, pero no sé si seremos
Hoy te adoro, te extraño
No quiero añorarte
Que pudiéramos ser otros
Que pudiéramos renacer
En esta vida
En este tiempo
Ser los mismos un poco
Ser otros en exceso
Ser juntos, sin pretextos
Sin dolor
Que mi pasado no pesara
Que mis pecados no existieran
Que pudiéramos ser otros
Que pudiéramos ser de nuevo nosotros